Editorial
Del hospital al hogar: los cuidados domiciliarios en un modelo de cuidados progresivos
Agustín Montes Onganía, Bárbara C Finn, Pablo Young
Revista Fronteras en Medicina 2026;(02): 0101-0104 | DOI: 10.31954/RFEM/202602/0101-0104
Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.
Fuente de información Hospital Británico de Buenos Aires. Para solicitudes de reimpresión a Revista Fronteras en Medicina hacer click aquí.
Recibido 2025-12-02 | Aceptado 2026-02-22 | Publicado 2026-06-30
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El envejecimiento poblacional, la multimorbilidad, la cronicidad y la creciente complejidad de los pacientes obligan a revisar un modelo asistencial históricamente organizado alrededor del hospital. La pregunta actual ya no debería ser solamente dónde atender al paciente, sino qué nivel de cuidado necesita, en qué momento de su trayectoria y cuál es el ámbito más adecuado para proporcionarlo.
Desde esta perspectiva, los cuidados domiciliarios no deben entenderse simplemente como una alternativa a la internación convencional. Constituyen un componente de un modelo más amplio de cuidados progresivos, en el cual la intensidad de la atención se adapta dinámicamente a las necesidades clínicas, funcionales, sociales y familiares de cada persona.
Este enfoque permite ampliar la mirada propuesta por Romero en su análisis sobre satisfacción del paciente y su familia en la internación domiciliaria1. Sus hallazgos muestran que comunicación, empatía, continuidad y calidad del vínculo terapéutico –particularmente con enfermería– constituyen determinantes centrales de una experiencia favorable. Pero estos atributos trascienden la internación domiciliaria y deberían atravesar todo el continuo asistencial.
Del concepto de internación domiciliaria al de cuidados domiciliarios
Los términos atención domiciliaria, cuidados domiciliarios, internación domiciliaria y hospitalización a domicilio suelen utilizarse de manera intercambiable, aunque describen intervenciones diferentes2,3.
La hospitalización a domicilio procura sustituir total o parcialmente una hospitalización convencional y se dirige generalmente a pacientes con procesos agudos o agudizados que requieren cuidados de intensidad hospitalaria, pero que pueden recibirlos de manera segura en su hogar2,3.
La internación domiciliaria puede abarcar períodos más prolongados y poblaciones con enfermedades crónicas, dependencia funcional o necesidades complejas de atención. Por su parte, el concepto de cuidados domiciliarios es más amplio: incluye seguimiento médico y de enfermería, rehabilitación, cuidados paliativos, soporte nutricional, manejo de enfermedades crónicas, prevención de descompensaciones, educación del paciente y del cuidador y, cuando corresponde, atención de complejidad equivalente a la hospitalaria.
La propia normativa argentina adopta esta perspectiva integral. La Resolución 704/2000 define la internación domiciliaria como una modalidad destinada a promover, prevenir, recuperar, rehabilitar y acompañar al paciente en sus dimensiones física, psíquica, social y espiritual, mediante un equipo multiprofesional e interdisciplinario4.
Esta amplitud conceptual resulta particularmente importante. El domicilio no debería reservarse exclusivamente para el paciente que acaba de abandonar una cama hospitalaria. Puede constituir el lugar apropiado de cuidado en diferentes momentos de la trayectoria de una enfermedad.
Cuidados progresivos: el paciente en el centro y no la cama
El concepto de cuidados progresivos modifica la lógica tradicional de organización sanitaria. En lugar de clasificar al paciente según el servicio en el que se encuentra, propone asignarle recursos según la intensidad de cuidado que necesita.
Un mismo paciente puede requerir, a lo largo de su evolución, cuidados críticos, internación convencional, hospitalización domiciliaria, rehabilitación, seguimiento domiciliario de menor intensidad o atención ambulatoria. Y puede necesitar nuevamente escalar hacia niveles de mayor complejidad ante una descompensación. Por lo tanto, el proceso no debería concebirse como una secuencia lineal: Hospital → alta → domicilio, sino como un continuum dinámico de cuidados: Mayor complejidad ↔ cuidados hospitalarios ↔ hospitalización domiciliaria ↔ cuidados domiciliarios ↔ atención ambulatoria/autocuidado.
La dirección de las transiciones dependerá de la evolución del paciente. Esta mirada tiene una consecuencia fundamental ya que el alta deja de ser el final de un episodio para transformarse en una transición entre niveles de cuidado.
Precisamente, una de las causas reconocidas de reingreso hospitalario es la fragmentación de estas transiciones: conciliación inadecuada de medicamentos, dificultades para acceder al seguimiento y falta de claridad respecto de quién asume la responsabilidad asistencial después del alta5. Los cuidados domiciliarios pueden ocupar ese espacio de continuidad.
El domicilio como parte de la red asistencial
Entendido dentro de un modelo de cuidados progresivos, el domicilio no compite con el hospital. Lo complementa.
El objetivo no consiste simplemente en “sacar pacientes del hospital”, sino en evitar que permanezcan en un nivel de complejidad superior al que necesitan y, simultáneamente, garantizar que puedan regresar rápidamente a un nivel mayor cuando su condición clínica lo requiera. Esto exige una red asistencial integrada.
Esta necesidad de integración adquiere todavía mayor relevancia cuando se considera la hospitalización inadecuada. Young y cols. señalan que la sobreutilización hospitalaria comprende tanto admisiones innecesarias como estancias prolongadas sin justificación y estiman que, según el centro y la metodología utilizada, entre 24 y 58 % de los días de estancia podrían ser inadecuados. Entre sus causas se encuentran los retrasos diagnósticos o terapéuticos, la subutilización de alternativas ambulatorias y, especialmente, la falta de una red de cuidados extrahospitalarios6. Desde esta perspectiva, fortalecer los cuidados domiciliarios no constituye solamente una estrategia para liberar camas, sino una herramienta de adecuación sanitaria que permite reservar la hospitalización para el momento y la intensidad de cuidado en que realmente aporta valor.
El manejo de casos hospitalarios ofrece un antecedente conceptual importante. Estos modelos buscan identificar precozmente a pacientes con riesgo de internaciones prolongadas o reingresos y coordinar recursos médicos, sociales y comunitarios para garantizar transiciones seguras y continuidad después del alta7.
En este escenario, los cuidados domiciliarios pueden funcionar como un verdadero puente entre el hospital, la atención ambulatoria y la comunidad.
Pero para ello necesitan mantener una relación bidireccional con el hospital: acceso a especialistas, laboratorio, imágenes, farmacia, rehabilitación, sistemas de información compartidos y circuitos claramente establecidos de consulta y eventual reinternación. El domicilio no puede convertirse en un territorio asistencial aislado.
La experiencia del paciente como indicador de calidad
El trabajo de Romero aporta una dimensión particularmente relevante a este modelo: la perspectiva del paciente y su familia1.
Los estudios revisados muestran que la satisfacción con los cuidados domiciliarios se relaciona especialmente con la continuidad, la comunicación, la empatía y el vínculo terapéutico. En uno de los estudios incluidos, el 94.2 % de los usuarios se manifestó satisfecho o muy satisfecho, destacándose empatía, respeto y continuidad del cuidado1.
Estos hallazgos coinciden con experiencias argentinas recientes. Mirofsky y cols. comunicaron que entre 96 y 100 % de los pacientes y familiares encuestados calificaron favorablemente diferentes aspectos de un programa de hospitalización domiciliaria y entre 90 y 95 % volverían a elegirlo, lo recomendarían o lo preferirían frente a la hospitalización convencional3. Sin embargo, satisfacción y calidad no son equivalentes.
La experiencia del paciente debe analizarse junto con resultados clínicos, seguridad, funcionalidad, reinternaciones, utilización de recursos y experiencia del cuidador. La satisfacción es una dimensión de la calidad, no su sustituto.
La familia como protagonista, pero no reemplazo, del sistema sanitario
El traslado del cuidado al domicilio modifica profundamente el papel de la familia. En el hospital, los familiares son fundamentalmente acompañantes. En el hogar pueden participar en la administración de medicamentos, alimentación, movilización, vigilancia de síntomas y reconocimiento de signos de alarma.
Esta participación puede favorecer autonomía y continuidad, pero también puede producir una transferencia inadvertida de responsabilidad asistencial desde el sistema sanitario hacia el cuidador. Por ello, la disponibilidad de una familia no debería interpretarse como disponibilidad ilimitada de recursos de cuidado.
La normativa argentina exige condiciones habitacionales adecuadas, consentimiento, capacidad familiar para reconocer situaciones de alarma, cooperación con el equipo y mecanismos de derivación ante una eventual desestabilización4. Estas condiciones son también una cuestión de equidad.
Un paciente que vive solo, dispone de escasos recursos económicos o carece de una red familiar puede tener exactamente la misma necesidad clínica que otro paciente y, sin embargo, menor posibilidad de acceder al cuidado domiciliario. Por eso la evaluación de elegibilidad debe incorporar no solamente variables clínicas sino también funcionales, cognitivas, familiares, sociales y ambientales.
Enfermería como articulador
del continuo asistencial
Dentro de este modelo, enfermería adquiere un papel que excede ampliamente la ejecución de procedimientos. El trabajo de Romero muestra que disponibilidad, escucha, empatía y continuidad son atributos particularmente valorados por pacientes y familias1. En los modelos de manejo de casos, además, enfermería participa en identificación de riesgos, educación, coordinación de recursos y planificación de las transiciones7.
El profesional de enfermería puede convertirse así en uno de los principales articuladores del modelo de cuidados progresivos: observa la evolución cotidiana, detecta precozmente cambios clínicos, educa al paciente y al cuidador y conecta los distintos componentes del sistema.
Pero esta función no puede depender exclusivamente de la buena voluntad o de las capacidades individuales. Requiere organización, dotaciones adecuadas, capacitación, sistemas de información interoperables y canales de comunicación permanentes.
Seguridad en el domicilio
El domicilio puede disminuir algunos riesgos vinculados con la hospitalización convencional, pero introduce otros. La hospitalización, también, como cualquier intervención sanitaria, conlleva un riesgo intrínseco de incidentes de seguridad; cuando la admisión o la permanencia son innecesarias, esa exposición resulta potencialmente evitable6.
La experiencia argentina publicada recientemente muestra la necesidad de mantener una mirada crítica. En el primer año de un programa público de hospitalización domiciliaria se observó una tasa de reinternación de 17.2 %; los autores identificaron posteriormente factores relacionados con fragilidad y complejidad de los pacientes y señalaron la importancia del aprendizaje organizacional3.
En otra población argentina de adultos mayores con necesidades paliativas incorporados a cuidados domiciliarios después de una hospitalización, Mozeluk y cols. Encontraron que el 87 % recibía medicación potencialmente inapropiada8. Estos datos muestran que el domicilio no elimina automáticamente la iatrogenia.
Los programas deberían medir sistemáticamente eventos adversos, errores de medicación, caídas, deterioro funcional, consultas no programadas, visitas a emergencias y reinternaciones. Y, sobre todo, deberían disponer de mecanismos claros para escalar nuevamente el nivel de cuidado cuando la situación clínica lo requiera. Este último aspecto es inseparable del concepto de cuidados progresivos9.
Un modelo de atención
y no simplemente un lugar
La verdadera transformación consiste, por lo tanto, en dejar de pensar el domicilio como una ubicación y comenzar a considerarlo como uno de los niveles posibles dentro de una red de cuidados progresivos. El paciente debería recibir el cuidado adecuado, con la intensidad adecuada, en el lugar adecuado y durante el tiempo necesario.
Desde esta perspectiva, el éxito de un programa domiciliario no debería medirse exclusivamente por camas liberadas o días de internación evitados. Debería evaluarse mediante un tablero multidimensional que incluya resultados clínicos, funcionalidad, calidad de vida, experiencia del paciente, experiencia y sobrecarga del cuidador, seguridad, utilización de recursos y continuidad asistencial.
La tecnología puede potenciar este modelo mediante teleconsulta, telemonitorización, historia clínica compartida y sistemas de alerta. Pero ninguna innovación tecnológica reemplaza la necesidad de definir quién es responsable del paciente y cómo se garantiza la continuidad.
El trabajo de Romero constituye una oportunidad para ampliar la discusión desde la satisfacción con la internación domiciliaria hacia un interrogante más profundo, que es cómo integrar los cuidados domiciliarios dentro de un sistema organizado según las necesidades cambiantes de las personas. La respuesta probablemente se encuentre en un modelo de cuidados progresivos.
En ese modelo, hospital, domicilio y atención ambulatoria dejan de ser compartimentos estancos y pasan a constituir diferentes niveles de una misma red asistencial. El paciente puede desplazarse entre ellos de acuerdo con su situación clínica, funcional y social, sin perder continuidad ni responsabilidad asistencial. El objetivo no es sustituir al hospital, pero tampoco es trasladar el hospital completo al hogar. Es construir un sistema capaz de proporcionar la intensidad de cuidado que cada persona necesita en cada momento de su trayectoria, preservando seguridad, autonomía, dignidad y continuidad.
Desde esta perspectiva, los cuidados domiciliarios dejan de ser una alternativa periférica para convertirse en un componente estratégico de los sistemas sanitarios modernos. Y quizás allí radique el principal desafío como pasar de un sistema organizado alrededor de camas y establecimientos a otro organizado alrededor de trayectorias y necesidades de cuidado.
Romero V. Satisfacción del paciente y su familia en la internación domiciliaria. Fronteras en Medicina. [En prensa].
Rojas-Goldsack MF, Lyng T, Aguilera X, Herrera J, Leiva JP, Mena V. Hospitalización domiciliaria: aspectos conceptuales y su aplicación en el Hospital Padre Hurtado, Santiago de Chile. Descripción de funcionamiento y su rol durante la primera ola de la pandemia COVID-19. Rev Med Chile 2022;150:532-40.
Mirofsky M, Gregori G, Garrido M, et al. Hospitalización a domicilio: primer año de experiencia en un hospital público. Medicina (B Aires) 2025;85:682-91.
Ministerio de Salud de la Nación Argentina. Resolución 704/2000. Normas de organización y funcionamiento de servicios de internación domiciliaria. Buenos Aires: Ministerio de Salud; 2000.
Reuben DB, Tinetti ME. The hospital-dependent patient. N Engl J Med 2014;370:694-7.
Young P, Borsini E, Corte Aruj N, et al. Del hospitalismo a la hospitalización inadecuada. Medicina (B Aires) 2025;85:1354-66.
Eymin G, Zuleta J. Case management hospitalario (manejo de casos): una forma alternativa de manejar pacientes de alto riesgo de estadías hospitalarias prolongadas, de reingreso, o con múltiples requerimientos al momento del alta. Rev Med Chile 2013;141:1434-40.
Mozeluk NB, Gallo Acosta CM, et al. Medicación potencialmente inapropiada en adultos mayores con necesidades paliativas en domicilio. Medicina (B Aires) 2024;84:487-95.
Sánchez-Cárdenas MA, Fuentes-Bermúdez GP. Gestión clínica de programas de cuidado domiciliario. Rev CES Salud Pública 2016;7.
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