ArtÃculo Especial
Trasplantes, pacientes y palabras
MarÃa Elena Ferrario de Pruden
Revista Fronteras en Medicina 2012;(02): 0070-0071 | DOI: 10.31954/RFEM/201202/0070-0071
Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.
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Recibido | Aceptado | Publicado 2012-11-30
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Las palabras son las mediadoras por excelencia en nuestra vida social, vemos su eficacia en los efectos que producen, para acercarnos o alejarnos de personas o de situaciones. Algunas palabras nos confortan y otras nos aterran, según por quién, cómo y en qué contexto son pronunciadas. El lenguaje es compartido por los miembros de una cultura, algunas palabras generan significaciones diferentes entre quienes las pronuncian y quienes las interpretan por pertenecer a diferentes ámbitos.
Estas reflexiones surgieron al comprobar los efectos producidos en algunos pacientes por dos términos del lenguaje médico: terminal y cadavérico.
Los profesionales de la salud trabajamos con la enfermedad para curarla o disminuir el sufrimiento que produce, pero también convivimos con la muerte.
¿Será por eso que muchas veces eludimos o negamos los temores ancestrales que están asociados a ella y que de modo más o menos explícito afectan a los pacientes?
Las palabras terminal y cadavérico utilizadas por los médicos al comunicar a sus pacientes el diagnóstico de insuficiencia renal crónica terminal (traducción de end stage chronic kidney disease) o al comunicar un trasplante de donante cadavérico, afectan negativamente en diferentes grados a los pacientes que las escuchan.
Los profesionales cuando las pronuncian tienen en mente que un paciente con insuficiencia renal crónica terminal puede preservar su vida con hemodiálisis o con un trasplante de donante vivo o cadavérico.
Los pacientes las reciben e interpretan como palabras inquietantes, desagradables y productoras de rechazo (consciente e inconsciente) por las asociaciones y significaciones que rápidamente despiertan en quienes están involucrados, lo cual puede actuar de manera negativa en el afrontamiento de lo “por venir”.
Un médico informó a su paciente que tenía insuficiencia renal terminal; la primera asociación del paciente con la palabra terminal fue lo que acaba, el final, y sintió su muerte muy próxima. Esto no debería extrañarnos pues en el Diccionario de la Real Academia leemos: “Terminal: Dicho de un enfermo o de un paciente que está en situación grave e irreversible y cuya muerte se prevé muy próxima”.
Una entrevista realizada a familiares de un paciente en hemodiálisis nos permitió observar la conmoción producida al mencionar la posibilidad de esperar un riñón cadavérico para evitar la donación potencial de un familiar.
Cadavérico, se repitió casi en secreto, como si fuese una “mala palabra”, y el lenguaje corporal mostró el rechazo visceral, no expresado verbalmente y próximo a lo siniestro por las respuestas emocionales concomitantes. Cadavérico se relaciona inmediatamente con lo que está en descomposición y comido por gusanos; es muy difícil imaginar y aceptar que un órgano connotado con estas características pase a formar parte de uno.
En la Biblia se le adjudican a las palabras poderes reparadores y positivos (la palabra puede curar) o destructivos (la palabra puede matar).
Las palabras en sí mismas ni curan ni matan, su valor positivo o negativo está determinado por los efectos de sentido que operan en los sujetos involucrados.
Las palabras en diferentes culturas fueron usadas con fines opuestos: los ensalmos para curar y los conjuros o maldiciones para dañar.
Levi Strauss, en su obra Antropología Estructural, también mencionó las potencialidades de la palabra al referirse a “la eficacia simbólica” en las curaciones chamánicas.
El paciente espera de su médico palabras reconfortantes, para disminuir la angustia, el temor, la inseguridad por su futuro, que se han puesto en movimiento alborotado por los pensamientos más o menos reales acerca de su enfermedad y condicionados por sus convicciones sobre ella, a los cuales debemos sumarle el estrés emocional generado por las consultas a diferentes especialistas y los estudios pertinentes previos a la obtención del diagnóstico.
El motivo de esta comunicación es quitar, al peso de la enfermedad en sí, el plus de angustia difusa e innecesaria producida por las palabras terminal y cadavérico. Consideramos necesaria la eliminación de estas palabras usadas cotidianamente en el lenguaje médico por ser portadoras de eficacia simbólica negativa en quienes las escuchan.
Los adjetivos terminal y cadavérico, instituidos uno en el diagnóstico de insuficiencia renal terminal y el otro en la denominación de donante cadavérico (no vivo),
incrementan innecesariamente, como observamos en reiteradas ocasiones, el padecimiento de los sujetos involucrados.
Proponemos reemplazar terminal por permanente. Los profesionales sabrán que permanente alude a una insuficiencia renal crónica, estadio V (hemodiálisis o trasplante), y los pacientes subjetivamente resultarán menos afectados al escuchar permanente en lugar de terminal.
El significado evocado por permanente, paradójicamente, es opuesto al evocado por terminal, pues se asocia con lo que perdura.
Sugerimos que, en lugar de riñón de donante cadavérico, se utilice riñón proveniente del INCUCAI. Esta denominación identificará la procedencia, y a su vez el receptor pensará en el ser humano solidario que al inscribirse como donante expresó su deseo ayudar a un semejante.
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